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sábado, 8 de octubre de 2011

Recuerdos del futuro



El año que viene, Yankee Hotel Foxtrot va a cumplir diez años. Es curioso, ya pasó una década y el disco suena tan adelantado que parece que aún no hubiera sido hecho. La otra vez hablábamos con JPS que, de manera objetiva, hay relativamente pocos álbumes que tengan la totalidad de sus temas al mismo nivel. Por supuesto, los mejores discos tienen un concepto, son consecuencia directa de sus circunstancias, presentan una producción que, en su conjunto, expresa una visión del mundo; pero hay otros que, también -como si acaso no bastara con eso-, exhiben una lista inapelable, que va directo a ese lugar de la historia al que vamos a recurrir una y otra vez a lo largo de nuestras vidas. Este es el caso.

Pasaron diez años, decía, y el disco no pierde un ápice de complejidad. Es difícil repetir la historia –sino imposible-, y afortunadamente el artista no se propone hacerlo. Esto pasó y así va a ser. Wilco no se planteó nunca más hacer algo semejante. Sus siguientes discos son notables, parejos, sólidos. La "experiencia Yankee", no obstante, fue su propia revolución; el tipo de revolució
n que hoy se puede hacer en este mundo ganado por la tecnocracia.

Ya desde su inicio, el disco propone otra manera de acercamiento a la música. Voy a ser autorreferencial: recuerdo la primera vez que escuché I’m trying to break your heart. Fue en el intermedio de un ensayo. Estaban ds, JPS y bz. Todavía no había llegado MN, uno de los tipos más fanáticos de Wilco que conozco. La introducción de la batería me pareció directamente una nueva concepción en la forma de ejecutar el instrumento. Sin embargo, nada fue inmediato. Pasarían años hasta que Wilco se convirtiera en la banda de sonido de la recta hacia los 30 años.

El primer tema viene del caos, y hacia el caos va. Todo el disco es así. JPS ya ha hablado del contexto de esta obra, así que me concentraré en lo musical. La movilidad de la batería desarma permanentemente la canción, que se sobrepone a cada rato a puro rasguido en tres acordes. Mi hermano, bz, lo señaló: Glenn Kotche -que se incorporó a la banda a partir de este disco- elabora melodías con el instrumento. A la vez, hay pianos, percusión, timbres y la atmósfera entrañable que el fallecido Bennet le imprimía a todos los temas.

Las canciones surgen de un tormento, terminan en otro. Tweedy canta sin pretensiones, recita, grita por momentos, se abandona, deja que el caos lo gane todo. Detrás, las bases rítmicas ubican a los temas en la mejor tradición folk sin descuidar el costado indie, más a cargo de Bennet. Así suenan, por ejemplo, Kamera y la perpetua War on war.

El mejor momento del disco me parece, hoy, Ashes of American Flags. El documental del mismo nombre acentúa su potencia melancólica, sus vaivenes, con un Tweedy entre Bob Dylan y Neil Young entonando versos inefables del tipo I wonder why we listen to poets when nobody gives a fuck. El sueño americano pasado por una trituradora.

Esa atmósfera, los acoples y los sutiles arreglos de percusión son la identidad del tema y del Wilco de 2002, el mismo Wilco al que la discográfica le rechazó el disco un año antes por no contar con ningún tema capaz de editarse como sencillo. Incluso rebajando la discusión a ese plano, el dictamen empresarial fue lo suficientemente inepto como para no comprender que allí había muchas obras capaces de presentarse en sociedad, como Heavy Metal Drummer, Jesus, Etc. o hasta Kamera ó War on War. El mundo se estaba yendo al tacho, a Wilco le rechazaban el disco.

Las composiciones de Bennet -con Pot Kettle Black como símbolo- fueron fundamentales para forjar la identidad musical de la banda, que hoy presenta su mejor formación, con un Tweedy que parece absorberlo todo. En aquellos años, el productor y multi-instrumentista generó en las canciones el desorden que la banda necesitaba para sobrevivir y abrirse del camino del rock tradicional norteamericano de segunda mitad de los ’90. “Hay tristeza en lo que hacemos, la sensación de que todo, en cualquier momento, puede arruinarse”, dijo Tweedy en una entrevista reciente. Es más o menos eso.

Hoy, escuchar a Wilco en vivo es comprobar que sus temas suenan mejor que en los discos. Sus versiones son irremplazables, arrolladoras, adictivas. Esa es una inversión de la que pueden enorgullecerse. Además de haberse adelantado por una década a su propia obra: Yankee Hotel Foxtrot estará saliendo de un momento a otro.



EM.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Todo ese amor

Aquellos que conformamos el grupo de colaboradores de LSTM sentimos una especial admiración por Wilco, por lo que un nuevo disco de la banda es un hecho digno de mención en este ignoto espacio virtual. Es muy placentero admirar a un contemporáneo, escapar del panteón de los muertos y experimentar las delicias de lo actual, envejecer junto al artista, notar sus cambios y los nuestros; alguna vez le relate a mi hermana menor la noche ventosa en la que compre Odelay como si se tratara de un hecho mítico o fundacional. Es probable que los niños del futuro escuchen nuestras afiebradas historias sobre un mitológico 10 ante el cual los hombres ordinarios de conjuraban, y que oigan miles de veces las sensaciones personales ante The Whole Love, un disco editado por una banda llamada Wilco en un ya lejano 2011. Ellos, con suerte, nos ignoraran y se conectaran a una red social futura que, si bien aun no se creo, ya me da un poco de miedo.

Wilco es una de las mejores bandas americanas de los últimos años por muchas razones aunque, en mi opinión, el arma más poderosa del grupo es la voz de Jeff Tweedy, que nos lleva de paseo en una camioneta Chevrolet por la ruta 66 y nos permite observar, apoyando la cabeza sobre el vidrio de la ventanilla, las vastas praderas iluminadas por la luz del sol crepuscular que tiñe los campos de trigo con su suave tono rojizo. Si Estados Unidos se ha vuelto un país paranoico e individualista, la voz de Tweedy parece ser una forma de la esperanza, una síntesis perfecta de la tradición folk y de la tradición pop que rastrea la grandeza que su país ha perdido.

El primer tema de su nuevo disco se llama Art of Almost y parece bucear dentro de la paranoia americana y dentro de los demonios internos del propio Tweedy. Con una batería que recuerda a algún tema de Radiohead, la canción revela todo el lado noise que Wilco exploto con altura en A Ghost is Born y que en esta ocasión combina con cierta idea electrónica post Kid A. Siempre pensé a Wilco como una banda de folk pero esta canción, justo la que abre el disco, se aleja de ese concepto para transformarse en un largo viaje psicópata por el post rock, si es que post rock quiere decir algo. La letra empieza con una frase: I can't be so far away from my wasteland, que implica una idea de atracción-repulsión que marca la bipolaridad del tema y que posee un eco que llega hasta T.S. Elliot (¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre, no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces un montón de imágenes rotas)

En I Might se conserva cierta manía persecutoria pero llevada al plano personal. Tweedy, un hombre casado y con hijos, se mira al espejo y dice: Todo bien, vos no prenderías fuego a los chicos, pero yo podría. Como toda buena canción de Wilco, I Might va creciendo en calidad hasta un final lleno de coros e instrumentos folkie que siempre logran mezclar con pericia.

El resto del disco tiene un adorable e inconfundible gusto Harrison; la dulce Sunloathe habrá hecho sonreír al viejo George desde el cielo lleno de monjes en el que debe estar. Luego, claro, hay alguna melodía dylaniana en Open Mind, un ritmo de vaudeville en Capitol City y un momento altísimo en Whole Love, una marchita zumbona que parece simple pero que musicaliza el movimiento del mundo.

Wilco es un grupo de señores que parece haber encontrado la fórmula perfecta para envejecer junto al rock, combinando lo clásico y lo experimental con una armonía que nos deja pasmados. En algunos blogs leí críticas de viejos fans esperando el ruido de otras épocas; yo valoro y admiro la búsqueda de Wilco: quien se encargaría sino de las canciones lindas? Ya no quedan muchas bandas que puedan editar una belleza como Born Alone. Dejémosle el ruido a los ruidosos, la Bomba Loca a los fiesteros y conservemos ese par de preguntas y las canciones de bandas como Wilco en la secreta y compartida intimidad de los silenciosos.

JPS

jueves, 17 de febrero de 2011

Reivindicación del amor



Hablando los otros días con un amigo llegamos a la conclusión de que una relación debe ser John y Yoko o Paul y Linda o no ser nada. No sirve el compañerismo o la funcionalidad económica, estamos hablando de Amor en su estado ideal, es decir, la entrega total hacia el otro, el respeto de su libertad pero, a su vez, la idea de que esa libertad se expresa en plenitud con esa otra persona. Vivir una amor shakesperiano es hoy una forma de reivindicar la condición humana, un acto en contra del egoísmo imperante, en contra del sistema de intercambio y descarte que rige la lógica de mercado y que se ha insertado como un virus en la vida privada. Casualmente leí, algunos días después, una entrevista al filosofo Alan Badiou en la que se explaya sobre estos temas.

–Usted es uno de los pocos filósofos contemporáneos que ha introducido en su reflexión algo único, es decir, el amor. Usted repite a menudo que es preciso reinventar el amor. ¿Cómo se hace eso?

–El amor es un gesto muy fuerte porque significa que hay que aceptar que la existencia de otra persona se convierta en nuestra preocupación. Mi idea sobre la reinvención del amor quiere decir lo siguiente: puesto que el amor se refiere a esa parte de la humanidad que no está entregada a la competencia, al salvajismo; puesto que, en su intimidad más poderosa, el amor exige una suerte de confianza absoluta en el otro; puesto que vamos a aceptar que ese otro esté totalmente presente en nuestra propia vida, que nuestra vida esté ligada de manera interna a ese otro, pues bien, ya que todo esto es posible ello nos prueba que no es verdad que la competitividad, el odio, la violencia, la rivalidad y la separación sean la ley del mundo. El amor está amenazado por la sociedad contemporánea. Esa sociedad bien quisiera sustituir el amor por una suerte de régimen comercial de pura satisfacción sexual, erótica, etc. Entonces, el amor debe ser reinventado para defenderlo. El amor debe reafirmar su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario como nunca lo hizo antes. No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual –que siempre busca domesticarlo–. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con una mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas. Y ello es extensivo a otras cosas: el arte debe también apartarse de la potencia del mercado, la ciencia igualmente. Allí donde hay un pensamiento humano activo y desinteresado hay un combate para liberarlo de los intereses.

–Usted también dice que el amor es un proceso de verdad.

–El amor saca a la luz lo que es una diferencia. En el amor aceptamos ponernos de a dos para explorar no ya lo que creían los románticos, es decir, la fusión, sino lo que es aceptar la diferencia del otro, aceptarla apasionadamente. El amor es todo lo contrario del individualismo que nos proponen. Se nos propone una soberanía del individuo, pero en realidad el individuo sólo es soberano de sus propios intereses. En cuanto hacemos algo interesante dejamos de ser soberanos. Si realizamos una demostración matemática los otros matemáticos vendrán a verificar que es cierta, dependemos de ellos. En el amor ocurre lo mismo. La soberanía es compartida con la presencia del otro. La idea de la soberanía individual es pobre porque excluye las actividades interesantes de la vida humana. El individuo se vuelve creador cuando acepta dejar de ser soberano.

–¿Qué le queda a una pareja enamorada en un mundo como éste? ¿La revuelta, la música, la poesía, el sexo, la indiferencia, la violencia, la sabiduría? ¿Cuáles son los ejes de una emancipación positiva frente a esta máquina infernal que es el mundo?


–En la situación de crisis y de desorientación actual lo más importante es guardar las manos sobre el timón de la experiencia que estamos llevando a cabo, sea en el amor, en el arte, en la organización colectiva, en el combate político. Hoy, lo más importante es la fidelidad: en un punto, aunque sea en uno solo, hay que tratar de no ceder. Y para no ceder debemos ser fieles a lo que pasó, al acontecimiento. En el amor hay que ser fiel al encuentro con el otro porque vamos a crear un mundo a partir de ese encuentro. Claro, el mundo ejerce una presión contraria y nos dice “cuidado, defiéndase, no se deje abusar por el otro”. Con eso se nos está diciendo “vuelvan al comercio ordinario”. Entonces, como esa presión es muy fuerte, el hecho de mantener el timón hacia el rumbo, de mantener vivo un elemento de excepción, es ya extraordinario. Hay que pelear por conservar lo excepcional que nos ocurre. Después veremos. De esa forma salvaremos la idea y sabremos qué es exactamente la felicidad. No soy un asceta. No estoy por el sacrificio. Estoy convencido de que si logramos organizar una reunión con obreros y ponemos en marcha una dinámica, si podemos superar una dificultad en el amor y nos reencontramos con la persona que amamos, si hacemos un descubrimiento científico, ahí empezamos a comprender qué es la felicidad. La felicidad es una idea fundamental.

Celebro las palabras de Badiou, que expresan de manera ajustada algo que he venido conversando con amigos y amigas, algunos en problemas amorosos por querer siempre algo mas (consecuencia de esas otras vidas posibles que han visto por TV) y otros conformes en su aburrido amor desapasionado, una suerte de anestesia local para evitar pensar y avanzar hacia un incierto futuro.

Lo sabemos desde Homero: la pasión es para los héroes.

JPS


lunes, 30 de agosto de 2010

Adiós a las Armas

Afortunadamente, en la vida hay un momento en que uno se aleja de la Academia para acercarse a lo que podríamos llamar la “intensidad”, el “groove”, la “conexión” o lo que otros definen -con muy poca precisión y peor gusto- como “química”. Eso que pasaba cuando los cuatro Beatles se juntaban a tocar. O lo que mencionó Fito respecto de que en Tumbas de la Gloria “hay algo que todavía funciona”. “Se trata de fluir”, dijo Iggy Pop.


Hablo de esa comunión involuntaria que se establece entre los músicos y que los hace dejarse llevar simplemente porque la canción que están tocando –y que crearon de la nada- así lo requiere. He estudiado música alguna vez, pero jamás encontré un profesor que hablara de esto o que incluso brindara ejemplos concretos.


Una muestra podría ser lo que sucede en la última parte de esta canción:


Pero, en verdad, el ejemplo más claro -y fundamento real de este post- es este tema, cuya característica de conmovedor hasta la médula no es una novedad para nadie:



EM.

martes, 2 de marzo de 2010

Vas a estar escuchando - Wilco


Aquellos momentos en los que uno es testigo involuntario de infinita belleza son tan preciados como curiosos. Preciados porque lo que a primera vista parece que estaba destinado a ser, en realidad no lo es, sino que tiene que ver con un número de circunstancias fuera de nuestro alcance. Por ejemplo, puede parecer que la emoción o impacto que produce una película en uno, tenga su origen en una acción totalmente voluntaria: ir a alquilar esa película, o elegirla antes de entrar al cine. Pero aquellas pocas veces en las que sentimos que ese sencillo acto nos revela una belleza abrumadora, son en realidad producto de una combinación de estados de ánimo y quizá algunos recuerdos que nos permiten hacer algún descubrimiento, casi como si la pieza de arte en cuestión nos hablara directa y únicamente a nosotros. La curiosidad de estos momentos radica en que pueden ocurrir en lugares horribles y/o en situaciones inesperadas, casi como si se destacaran por contraste.

Recientemente tuve uno de esos momentos, volviendo de un lugar horrible, en un colectivo lleno de gente que volvía cada uno de sus respectivos lugares horribles, con un humor algo melancólico y quizá un poco cansado. Como suele pasar últimamente, en mis auriculares empezó a sonar "Impossible Germany" de Wilco. Aunque ya la había escuchado miles de veces, esta vez noté algo distinto en las primeras notas de la canción. Había algo un poco más enigmático y misterioso detrás de ellas. Decidí escuchar lo que cantaría la voz, y comprendí que debía estar atento: una persona lejos en la distancia y en el tiempo iba a ofrecerme una impronunciable respuesta.

Impossible Germany
Unlikely Japan

Wherever you go
Wherever you land

I'll say what this means to me
I'll do what I can

Impossible Germany
Unlikely Japan

The fundamental problem
We all need to face

This is important
But I know you're not listening
Oh I know you're not listening

If this was still new to me
I wouldn't understand

Impossible Germany
Unlikely Japan

But this is what love is for
To be out of place
Gorgeous and alone
Face to face

With no larger problems
That need to be erased
Nothing more important than to know
Someone's listening
Now I know
You'll be listening


Empecé a notar que el sol de la tarde brillaba con la intensidad justa, estábamos en el mes del otoño y darme cuenta de eso me hizo recordar un par de cosas que había olvidado hacía sólo un par de días. Al bajar del colectivo la voz le dejaba su lugar a la guitarra. Discreta y solitaria, sonaba de forma tímida y pausada, casi como estaba caminando yo hacia mi casa. Al llegar a mi puerta ocurrió algo genial: esa guitarra ya no estaba sola, dos más se sumaban al unísono repitiendo una melodía hipnótica y consoladora, aunque en distintas octavas. Terminaron por fundirse las tres en un rasguido de acordes que explotó en mi cabeza y que acabó dejando aquellas primeras notas sonando nuevamente, abandonadas.

Subiendo las escaleras supe que había pasado algo maravilloso, pero no iba a intentar escuchar la canción otra vez ese día. Después de todo Japón era improbable. Algunas Alemanias, imposibles.


MN.


lunes, 15 de febrero de 2010

Perfect day


Hay veces en que simplemente todo parece funcionar. Son esos momentos efímeros y escurridizos en los que las cosas de golpe se alinean y, de manera casi inesperada, surge algo grandioso. Por supuesto, son los menos. Pero entonces, cuando un puto día eso sucede, pasan cosas como esta:





EM.


lunes, 8 de junio de 2009

Born in the USA

Estuve intentado escribir este posteo durante algunos días. La falta de tiempo (y de inspiración) me impidió llegar a un término satisfactorio. Escribí y luego descarté varios párrafos, vi que muchos de ellos contenían palabras como “peronismo” o “fin de la historia” y pensé con razón que no es éste el espacio adecuado para lanzar tales reflexiones.

La idea era que este fuera un compilado sobre Wilco, banda que me interesa tanto por su talento musical como por su capacidad para entender y musicalizar eso en lo que se ha convertido Estados Unidos en el último tiempo. Wilco combina la tradición americana folk con los experimentos sonoros noise o indie y de alguna forma canciones como Ashes of American Flags y líneas como all my lies are always wishes, I know I would die if I could come back new musicalizan el sentir americano luego del atentado del 11 de septiembre de 2001. La banda estaba en plena grabación de su obra maestra Yankee Hotel Foxtrot cuando los aviones impactaron contra las torres gemelas, y creo que ese disco perdura hoy como uno de los mayores testimonios artísticos de aquellos días, como si se estuviera repasando la historia americana con un insoportable ruido de ciudad como trasfondo.

Esta especulación, para nada novedosa, me llevó a pensar en la fenomenal capacidad de los Estados Unidos para reflexionar y luego plasmar sus cambios históricos a través del arte. Nunca antes una nación había documentado de una forma tan cabal los cambios y transformaciones de su sociedad. Este proceso de auto reflexión y fabricación de mitos parece lógico porque, convengamos, los Estados Unidos son los dueños de la Historia (una historia triunfal), en tanto manejan la ciencia y la tecnología (que siempre comenzaron como adelantos bélicos). Los países tercermundistas somos testigos laterales de un tiempo que nos es ajeno, en el que sólo podemos esperar o morir de ansiedad. La apropiación del tiempo por los americanos ha fijado los estándares de, por ejemplo, el cine clásico, y el público en general acusa de lentas películas argentinas o francesas sólo porque las compara con las de Hollywood. El artista argentino trabaja sobre un tiempo que no es el suyo, sobre una realidad que está por completo fuera de su control. La incertidumbre es un lento divagar por el Cine y la Historia.

La fenomenal autoconciencia estadounidense también se puede explicar, quizás, en el hecho de que su país haya nacido como una utopía, como un sueño. Un grupo de religiosos pudo prever el fin suicida de Europa (que se daría algún tiempo después en los hornos de Auschwitz) y decidió emigrar hacia la nueva Tierra Prometida, un vasto territorio circundado por infinitos océanos. Este punto es central: América es una idea que prevalece por sobre cualquier individuo, es algo intocable y puro detrás de la que se alinean millones de personas, todos inmigrantes dispuestos a domar el desierto metafísico. Las atrocidades que haga un estadounidense nunca ensuciarán a Estados Unidos. En esta diferencia se centra uno de los motivos de su triunfo planetario.

El arte estadounidense, consecuencia lógica de lo anterior, ha alcanzado niveles de excelencia constantes, en todas las disciplinas. Si alguien está interesado en entender cómo el fanatismo religioso fue dándole paso a la ciencia, no tiene más que leer a Nathaniel Hawthorne o a Edgar Alan Poe y entender que detrás del pragmático espíritu científico estadounidense se esconde un oscuro corazón supersticioso y temeroso de Dios. Si se desea entender el esperanzado proyecto nacional que comenzaba a gestarse a finales el siglo XIX no hay más que leer Leaves of Grass de Walt Withman y ver como un hombre se confunde con las multitudes para transformar a la democracia en un concepto superior, abstracto, divino. Si desean entender el destino individualista del alma americana encontrarán las respuestas en el Thoreau de Walden o en alguna escena de Citizen Kane. La conquista del Oeste y la hipócrita imposición de la civilización sobre lo salvaje es el tema central de algunas obras maestras de John Ford o Howard Hawks. La sensación del pueblo en los años de la Gran Depresión puede leerse a la perfección en The Grapes of Wrath de John Steinbeck o The Night of The Hunter de Davis Grubb y sus respectivas adaptaciones cinematográficas. Incluso un grupo racial evidentemente maltratado, el negro, ha sido el creador de la revolución musical más trascendente del siglo XX, el jazz y el rythm and blues, y más adelante el rap y el hip hop.

La enumeración puede ser interminable. También es cierto que, como todo poder hegemónico, la subordinación del arte a la ideología es algo común en su lógica de dominación. Las películas de Spielberg (desde Jaws hasta War of the Worlds) quizás no hagan más que repetir la historia de un Imperio amenazado constantemente por factores externos. El miedo a Godzilla (o a Bin Laden) justifica la presencia militar y une no mediante el amor sino mediante el espanto. Pero, así como existe esto, también están las películas independientes. Hace poco vi Wendy and Lucy de Kelly Reichardt y, si bien no es genial, sí es interesante para ver como el otrora hospitalario pueblo americano ha sido contaminado por la paranoia y el recelo de la era Bush y cómo el desempleo y incertidumbre atrapan a Michelle Williams en un grisáceo pueblo de Oregon.

Todo esto me hizo pensar, claro, en nuestro propio país. Estuve leyendo en los diarios sobre la tragedia de Cromañón y pensaba si había alguna banda que pudiera leerse de la misma manera en que Wilco sirve para comprender el 11-S. Está claro que no. Las bandas que están mas cerca del problema que de la solución han hecho un leve mea culpa y hoy, millonarios, se retiran hastiados del negocio y de su propio fenómeno (Los Piojos, La Renga, Bersuit). Las bandas de la vereda opuesta parecen los hijos drogones y rebeldes del macrismo (Basasónicos). Argentina ha sido incapaz de articular su propia historia, y este problema viene de larga data.

Desde los tiempos de Borges y Arlt que Argentina no ha logrado establecer más que viñetas post modernas de su propia falta de Historicidad. Borges fue el hombre que hizo la transición entre el siglo XIX y el siglo XX, incorporando y luego superando la dicotomía sarmientina entre civilización y barbarie. Arlt narró los primeros años de una Buenos Aires caótica y poblada por inmigrantes, una ciudad haciéndose en el camino. ¿Y luego? Es clave en la historia nacional la irrupción militar de 1930. La elite militar no ha pretendido otra cosa que el fin de la historia, una Buenos Aires parecida a aquella aldea de la Revolución, una vaga estancia desde donde juntar lo dólares que se derrocharán en clubes de Paris. Los golpes militares han luchado, principalmente, por mantener el status quo, por quitarle conflictividad a la sociedad, para establecer como en una fotografía quiénes son los privilegiados y quienes los que deben alienarse detrás de ese destino de nobleza agropecuaria. El peronismo (sí, al final lo dije) planteó una falsa solución a este problema: le dio beneficios indudables a las clases trabajadores pero soñó con otra sociedad estática subordinada a su presencia fascista. El proyecto terminó en un rotundo fracaso.

Cada argentino que ha asumido el poder ha postulado la verdadera argentina, nuestro país no es una idea volando sobre todos sino una encarnación física caudillista que varía con cada nueva figura. Esta alarmante falta de identidad tiene consecuencias desastrosas. La incapacidad para desarrollar una autoconciencia es una de ellas. Hace poco leía una nota de Oscar Cuervo sobre el film La Libertad de Lisandro Alonso. El crítico denominó a esta década La Década de Alonso. La Libertad es una película que muestra la vida de un hachero de la Mesopotamia argentina. No hay más que eso: un hombre en medio de la selva hachando árboles. Es una película en la que literalmente no pasa nada y sin embargo no deja de ser cautivante. Y sí, quizás ésta sea su década, porque nadie logró articular una historia, y Alonso plasmó esa falta de certezas en un filme que se ubica entre la farsa y la genialidad.

El rock nacional ha sido incapaz de modular siquiera une leve reflexión sobre la realidad que lo conforma. Sí, La Mancha de Rolando habla de su tiempo, pero no porque haga una lectura de la sociedad sino porque son una inconsciente derivación del problema original. Luego están los grupos evasivos, que sólo quieren que la gente la pase bien entre tanto bajón, cuyos recitales son una fiesta, u otros que han encontrado en la frivolidad y las drogas blandas una forma de escape mundano. Quizás Los Redondos hayan sido el último grupo con alguna capacidad de generar un eco en la realidad. Hoy ni siquiera el discurso del Indio Solari parece ser lúcido.

No pasa por hacer buenas o malas canciones. Digámoslo: Banda de Turistas es una agrupación con canciones muy buenas, pero sin ningún sentido mayor que la justifique. Es un homenaje velado al Club Del Clan, justamente la clase de música que los fundadores del rock nacional (entre otros, LIto Nebbia, a quien los BdT homenajean constantemente) comenzaron combatiendo (esta idea la extraje del blog Mal Musical). ¿Quién de nosotros pudo hablar de la crisis del 2001? ¿O de Cromañón? Nadie. Ni el rock panfletario de Gieco ni la transgresión de la moral burguesa de Babasónicos ni la izquierda difusa y conformista de Los Piojos ni la poesía elevada de Spinetta.

Seguiremos haciendo pogo y la historia se nos seguirá escurriendo entre los dedos.

En fin, la idea era que este fuera un compilado sobre Wilco.

GG

BAJAR

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