“En otros tiempos, Woodstock nos había parecido una localidad muy acogedora. Yo lo había descubierto mucho antes de decidirme a trasladarme allí. Una noche, conduciendo desde Syracuse después de una actuación, le hablé del pueblo a mi manager. Íbamos a pasar por ahí. El dijo que estaba buscando un lugar donde comprar una casa de campo. Llegamos, avistó una que le gustaba y la compró inmediatamente. Yo compré otra más tarde, y fue en esa misma casa donde los intrusos empezaron a colarse día y noche. El ambiente se volvió tenso, y la paz, difícil. Lo que había sido un plácido refugio dejó de serlo de pronto. Probablemente alguien puso la dirección a disposición de los drogones y colgados de los cincuenta estados del mapa para que pudieran llegar a nuestra granja. Grupos de inútiles peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a todas horas de la noche. Al principio, se trataba de nómadas sin techo que entraban ilegalmente. Se me antojaban más bien inofensivos, pero luego empezaron a llegar radicales sin escrúpulos en busca del Príncipe de la Protesta: personajes de aspecto sospechoso, espantajos y vagabundos con ganas de fiesta que saqueaban la despensa. Peter Lafarge, un cantante folk amigo mío, me facilitó un par de Colts de repetición, y yo también tenía por ahí un Winchester cargado, pero me estremecía al pensar en lo que se podía hacer con aquello. Las autoridades, el jefe de policía (en Woodstock había unos 3 agentes), me advirtieron que si alguien resultaba herido accidentalmente o incluso como aviso, era yo quien acabaría en la celda. Y no sólo eso: los imbéciles que se encaramaban a nuestro tejado podían presentar cargos contra mí si se caían. La situación resultaba inquietante. Me entraron ganas de quemarlos vivos. Todos esos allanadores, fantasmas, intrusos y demagogos estaban violando mi vida familiar, y el hecho de que debía extremar precauciones para que no se cabrearan y me denunciaran no acababa de aplacarme. Aquello estaba mal, y el mundo era absurdo. Por culpa d eso estaba apartándome de la gente. Ni siquiera las personas cercanas y queridas conseguían consolarme.
Una vez, en medio de aquella insana estival, iba en coche con Robbie Robertson, el guitarrista del grupo que más tarde sería conocido como The Band. Yo me sentía como si habitara en otro rincón del Sistema Solar.
-¿Hacia dónde crees que lo vas a llevar? – me soltó Robbie de repente.
Repasando algunas escenas de “Casi famosos” en una tarde de resaca, tuve un irrefrenable arrebato de nostalgia por los años ’60. Década que no viví, claro, pero de la que de alguna manera me siento parte. Hace poco lo escuché a Ciro Fogliatta, de Los Gatos, decir que nada cambió en su cabeza desde aquella experiencia: siente que tiene la misma actitud, la misma pasión, la misma sensación de que es posible.
Se trata de de esa “cosa indefinible” de la que se habla en la película, algo que va más allá de la pura música, las giras, las drogas, las fiestas, los discos, los poetas, el mundo. Los ’60 no como un estricto agrupamiento de años sino simplemente como un estado de ánimo.
Acaso no esté muy seguro de esto, pero me parece que los ’60 fueron el último intento por hacer del mundo un lugar más interesante.
La canción comienza con un Bowie resfriado, hablándole al micrófono, exponiendo el hecho de que está grabando una canción en un estudio. Maybe I should announce it, should I? Memory of a Free Festival. Pareciera estar padeciendo una horrenda resaca y relatándonos, sólo el y su teclado, los motivos que lo llevaron a ese severo dolor de cabeza. Claro que los festivales a los que acude Bowie no se parecen a las nuestros.
The Children of the summer's end Gathered in the dampened grass We played our songs and felt the London sky Resting on our hands It was God's land It was ragged and naive It was Heaven
Touch, We touched the very soul Of holding each and every life We claimed the very source of joy ran through It didn't, but it seemed that way I kissed a lot of people that day
Oh, to capture just one drop of all the ecstasy that swept that afternoon To paint that love upon a white balloon And fly it from the toppest top of all the tops That man has pushed beyond his brain Satori must be something just the same
We scanned the skies with rainbow eyes and saw machines of every shape and size We talked with tall Venusians passing through And Peter tried to climb aboard but the Captain shook his head And away they soared Climbing through the ivory vibrant cloud Someone passed some bliss among the crowd And we walked back to the road, unchained
Luego la canción parece detenerse y, mediante sonidos incidentales, llevarnos de nuevo a aquella situación, a aquella tarde, a aquél recuerdo, a aquella felicidad, no ya pasado sino presente. Allí comienza una melodía cuya letra dice:
The Sun Machine is coming down, and we´re gonna have a party
Me resulta muy difícil trasladar la expresión sun machine al castellano. Sol máquina o máquina solar no le hacen justicia a las palabras, cuyo sentido poético juzgo increíble y me hacen pensar en todo un mecanismo universal cíclico, en el cosmos y en el hombre como testigo inconsciente de todo, bailando y festejando por un regalo que nunca pidió. Para mejor, la frase se repite en una coda final a lo Hey Jude y cada reiteración parece reforzar el sentido.
¿La felicidad es siempre nostalgia? ¿Todo éxtasis es una forma evasión?
Una noche de 1964, el inglés Paul McCartney soñó una melodía. Al despertar, se sentó en el piano y la tocó. Para recordarla le dio una letra: Scrambled eggs, oh my baby how I love your legs. Días después le mostró esa canción a sus compañeros de banda. Le intrigaba saber si se trataba de una vieja composición de jazz que ahora no lograba recordar, pero ninguno conocía su origen. Pensando que se trataba de un simple acto de modestia, lo alentaron a cerrar la letra y grabarla, y así fue como Los Beatles hicieron Yersterday, que se convirtió luego en uno de sus mayores éxitos.
Es lógico entonces atribuirle su composición a McCartney. Yo, sin embargo, he comprobado lo contrario. He conocido al compositor.
Fue hace unos cinco años atrás, cuando mi impulso adolescente aún me alentaba a explorar regiones que desconocía. Aquel año decidí viajar hacia el Sur, sin ningún destino en particular. Cargué mi pertenecías en el auto y emprendí el viaje. En una de aquellas desoladas tardes sureñas, sin pensarlo siquiera, tomé un camino que no estaba asfaltado y lentamente me fui adentrando en un bosque repleto de arbustos. Me sentí feliz entre la inmensidad. La música me acompañaba. De repente noté que la aguja del tacómetro se encontraba en lo más alto e inmediatamente comenzó a salir humo de motor. Asustado, tomé mi mochila y mi guitarra y salí en busca de ayuda. Durante horas caminé sin encontrar el rumbo, mientras que el sol se escondía en el horizonte. A lo lejos vi una luz y me acerqué. Una farola colgada en el umbral de una cabaña me indicaba que había encontrado mi salvación.
Toqué la puerta y del otro lado apareció un anciano de piel grisácea. Le conté lo que me había sucedido y me ofreció su ayuda, pero aquella noche preferimos descansar. Por su acento comprendí que no era argentino; me dijo su nombre: Ziegenfuhs, y conjeturé que era alemán. Me ofreció comida y alojamiento, sin mucha emoción por mi compañía. Comimos en silencio un pedazo de carne de un animal que no me atreví a preguntar cuál era. Al acabar, mientras el alemán lavaba los trastos, desenfundé mi guitarra y comencé a tocar la canción que estaba escuchando cuando mi auto se averió: Yesterday.
Levanté mi mirada y allí estaba el alemán, con sus ojos llenos de tristeza, de incertidumbre. Inocentemente, le pregunté si le gustaban Los Beatles. No pareció entenderme. “¿Yesterday? ¿Los Beatles? ¿No le suena?” Ziegenfuhs me pidió que la tocase otra vez. No me atreví a mirarlo durante mi penosa ejecución.
Cuando terminé le pregunté si la conocía y de vuelta no respondió. Dijo que llevaba allí más de cincuenta años, y no tenía mucho contacto con el mundo desde entonces. Curioso, le consulté a qué se debía su emoción. Esto fue lo que me dijo. Intentaré transcribir la historia con la misma frialdad con la que me fue referida:
“Tendría, si no me equivoco, quince años, cuando mi padre me obligó a una tarea que no estaba dispuesto a cumplir; alguna nimiedad supongo, pero los adolescentes tienden a exagerarlo todo, y yo no era la excepción. Escapé de mi hogar y me quedé vagando sin rumbo por las calles de Berlín. Al pasar por una calle oscura y arbolada, una música frenética y desconocida me llamó la atención, así que me acerqué para descifrar de qué se trataba. Aquél lugar era el Wild-West-Bar, y es en donde pasé los siguientes cinco años de mi vida, conociendo el jazz, amando el jazz. Pero me estoy adelantando. Aquella noche tuve que observarlo todo desde una ventaba pequeña ubicada al costado del escenario. Apenas si podía ver qué sucedía allí dentro, pero la música, el aire viciado del sudor de los soldados, del humo y del alcohol derramado en el suelo bastaron para cautivarme. Volví al día siguiente con dos objetivos: mudarme al Wild-West-Bar y aprender a tocar el piano.
”Concertar el primer objetivo fue lo más fácil. En la Alemania de Weimar, bastaba someter toda tu voluntad y derechos ante un empleador para conseguir un trabajo, y yo jamás conocí mis derechos. Mis tareas allí eran tan múltiples como infames: lavar, fregar, obedecer los caprichos de un sinnúmero de músicos degenerados y bohemios. Y yo estaba encantado. Una de esas noches llegaron dos americanos negros que, se sabía, estaban revolucionando la escena: Louie Armstrong y Sidney Bechet. Con el primero no tuve casi relación. Fue Bechet quien entabló conmigo una amistad un tanto paternal, y fue el quien me enseñó a tocar el piano.
”Por cinco años fuimos felices, con el alcohol, las putas y el jazz. Pero sabíamos también que era una felicidad irreal; el espíritu paranoico de Hitler comenzaba a apoderarse de Alemania y nuestros días estaban contados. Nosotros, como si aquello no fuese Alemania, sino un lugar aislado fuera del tiempo, continuamos tocando.
”Una noche las luces se apagaron. A la penumbra la acompañó un murmullo siniestro y el estrepitoso derrumbe de la puerta de entrada. Los nazis finalmente habían destruido nuestro paraíso. Lo que sigue a continuación me viene como en sueños. Sé que fui trasladado en un tren hacia Buchenwald, que pasé hambre, mucho hambre. Sé que me vistieron ropas ásperas y sucias, sé que fui esclavo de un régimen que me era ajeno y propio a la vez. Recuerdo los hechos, pero no las sensaciones. Vagaba por aquel campo con la extrañeza de quien ya no es dueño de sí mismo.
”Una noche, junto a otros tres prisioneros, planeamos la falaz huida. Habíamos sido asignados para servir en una cena de oficiales nazis, que se realizaba junto a los sanitarios. El plan era escapar por las cloacas. No hace falta decir que fue en vano. Los tres compañeros fueron fusilados en el acto; el hambre los había vuelto débiles; el miedo, inconscientes. Yo desistí de huir a último momento. Fue gracias a un hombre calvo y fofo, que estaba sentado junto al piano, ejecutando maravillosamente Der Fliegende Hollände, de Wagner.
”Aquellos años en el Wild-West-Bar me habían dotado de un gran conocimiento sobre el jazz, pero sobre todo un incansable amor por la música. Jamás había oído a Wagner, pero bastaron tres segundos para enamorarme de él. Así que cometí la locura más feliz de mi vida: cuando la fiesta estaba llegando a su fin, me acerqué al piano e interpreté aquellas partituras. Recibí, claro, un fuerte golpe en la cabeza. Un mes más tarde, de vuelta en el campo, fui llamado. El pianista fofo había muerto de un infarto. Necesitaban un pianista para la cena de oficiales. Yo debía reemplazarlo.
”Durante un año fui el pianista de Buchenwald. Aquello me había dotado de cierto prestigio: ya no debía cavar fosas para los muertos, ya no vestía ropas ásperas. Me supe ganar el resentimiento de mis compañeros de prisión y la indiferencia de los oficiales nazis. A fin de cuentas, yo no era judío; estaba asilado de todos.
”Entonces conocí a un oficial de apellido Dinger. Había sido él quien me asignó como pianista, desde que me oyó aquella noche en que fui golpeado en la cabeza. Dinger me traía las partituras para tocar en sus fiestas. Al principio fui su empleado, pero con el correr del tiempo llegamos a trabar una silenciosa amistad. Dinger me alentó a perfeccionar mi técnica.
”Una noche me informó que el ataque a Inglaterra era inminente. Aquél era un plan que Hitler meditaba hacía tiempo, por lo que se conmemoraría una cena de altos oficiales en Berlín. Y yo era el encargado de componer una pieza que festeje los logros de la Alemania nazi.
”Mi misión me sobrepasaba. Para componer una loa nazi primero debía sentir el nazismo, pero adentro mío sólo se gestaba la indiferencia. No lograba odiar ni amar la estupidez de los hombres. Por eso decidí ceder. Abracé el nazismo como si fuese mi destino, me dejé embriagar por su retórica, por su estética, por su nacionalismo. Dejé entrar en mi corazón el odio y el amor al mismo tiempo. Yo debía ser un nazi. Así que compuse esta pieza que me has tocado, en honor a Hitler, a Alemania, al progreso y, sobre todo, en honor a la música. La llamé Rührei, ya que era una mezcla de aquellos estilos que había aprendido hasta entonces. Dinger mencionó que era brillante.
”La noche en que iba finalmente a tocar esta pieza pedí permiso para hacer un recorrido por mi vieja ciudad, Berlín. Dinger cedió, con la certeza de que yo y él ya éramos del mismo bando. Primero visité mi hogar: el Wild-West-Club. El lugar había sido destruido. Las llamas habían terminado por incinerar todo tipo de recuerdos. Más apenado que asombrado, me dirigí hacia la casa de mis padres, para encontrarla nuevamente vacía. Consulté a un vecino qué había sucedido, y me respondieron que mi padre había sido fusilado por comerciar con judíos, y que mi madre y mis hermanos estaban presos un Auschwitz.
”Supongo que imaginará lo que sucedió a continuación. Jamás acudí al concierto, jamás volví a interpretar mi obra maestra. Huí ante el horror, comprendiendo mi infamia, mi estupidez. Mi pasado había sido sepultado en las llamas, en el horror de aquello que yo estaba conmemorando en una canción. Elegí el lugar más alejado del mapa y aquí estoy ahora, ocultando mi desdicha, dejando que el tiempo me termine de matar.
”Jamás volví a tocar música. Intenté olvidarme de ella, y sin embargo, unos cuantos años después volví a soñar con mi Rührei, y reviví el dolor. Aquella pieza, comprendí, no conmemoraba los logros de Alemania, sino su oprobio. Algo hermoso jamás podría representar el horror. Desde entonces, sin saberlo, me deshice de ella.”
Ziegenfuhs acabó su relato sin esperar respuesta. A la mañana siguiente, arreglamos mi auto y nos despedimos sin darnos la mano. Entonces comprendí que aquella noche en que Ziegenfuhs soñó con su Rührei, fue la misma noche en que McCartney también la soñó. Aquí me permito unas conjeturas: acaso Rührei ya no representaba los logros de la Alemania Nazi, sino el triunfo de Inglaterra; o quizás Yesterday haya sido la única redención de Ziegenfuhs, una forma de cambiar el pasado sin suprimirlo. McCartney ejecutó la desdicha del alemán, y cantó, acaso sin saberlo:
Más allá de lo musical, Los Gatos siempre me representaron algo ya perdido, como una idea del mundo que se apagó. Por eso, el nombre de su último disco, “Rock de la mujer pedida”, cerró perfectamente la idea de este compilado. Es el sentimiento justo. Hay cierta melancolía alrededor de las canciones de Los Gatos, algo así como una sensación de lejanía irreparable.
Acaso por eso franquear esa distancia indecible sea un ejercicio asombroso. Y, para que todo sea aún más directo, me he propuesto hacer este compilado al estilo MN, esto es, que la lista apenas supere los 10 temas. Claro, emotivo, rockero y final.
Estimado lector masculino, nuevamente aporto mis conocimientos y te regalo un consejo para romper el hielo con una chica.
-Hola, me gusta tu remera.
-Hola, gracias.
-Me hace acordar a la tapa del disco The Parable Of Arable Land de The Red Krayola, ¿puede ser?
-Mm… no sé, ni idea.
-Digo, por los colores psicodélicos. Los Red Krayolas fueron una de las tantas bandas norteamericanas de los años sesenta que experimentaron con la psicodelia, pero lo curioso es que mientras lo hacían, crearon el post punk ¿No es raro? El post punk es un derivado de la psicodelia, y son como dos tendencias casi opuestas.
-¿Eh? ¿De qué me hablás?
-¿Te parece si vamos a mi casa, abrimos una sidrita y nos colgamos con un disco de The Red Krayola?