martes, 21 de junio de 2011

La prosa de Calvin Johnson


Rescato este precioso texto del 2007 de mi hermano ds que parece comprender a la perfeccion el extrano estado mental en el que uno se encuentra cuando pasa demasiado tiempo escuchando a Beat Happening. Lo admito: con casi 30 anos, estoy en ese estado. Es bueno saber que algunas cosas nunca cambian.


La prosa de Calvin Johnson

A Richard

Si no me equivoco, esta será la primera vez que me incluya como protagonista de mi columna, la cual sabrán, su claro objetivo siempre fue el de hablar sobre música con la mayor de las distancias, sin la intromisión de opiniones y fanatismos. Así la hice durante veintiún años y supongo que no me ha ido mal; la gente, al menos, ha sido muy amable. Me refiero a la poca gente que sabe mi nombre, claro; muchas veces son universitarios que se acercan con miedo y una pregunta tonta, como cuál disco es el ideal para escuchar en un atardecer en el campo, o qué tipo de drogas consumieron los integrantes de Merzbow. Siempre respondo con una sonrisa y la seguridad fingida de un genio: The Sunset tree de Mountain Goats; los de Merzbow tuvieron una sobredosis de Metal Machine Music. En fin, les digo lo que quieren oír. De vez en cuando uno me sorprende y me pide que hable sobre una banda a la que aún no le dediqué el espacio semanal, generalmente nada interesante (rememoro las últimas: Ben Kweller, The Pippets, Ratatat, Dismemberment plan). Pero hará un mes atrás un joven con lentes y pelo graso me alcanzó cuando estaba por subirme a un taxi, y sin necesidad de preámbulos, me lanzó la siguiente pregunta: “¿Por qué es que nunca habló sobre Beat Happening? Digo, si ya mencionó a Galaxie 500, Pixies e incluso a D+, y admitamos que ninguna supera realmente a Beat Happening, entonces ¿por qué insiste en olvidarlos?” Yo lo miré y sonreí, sabía que tarde o temprano alguien me lo preguntaría.

La historia de Beat Happening, al menos la que podemos encontrar en cualquier revista, no difiere mucho de la del resto de las bandas de finales de los ochenta en Estados Unidos: jóvenes cansados del tecnicismo electrónico y sumergidos en una sociedad que los excluye siguen la filosofía del Do it yourself. Hacen todo lo que pueden con lo poco que tienen. Buscan un sonido más punk, más desafinado y más honesto que el resto. Graban un par de discos que no logran mucho éxito comercial pero que la gente sigue escuchando para siempre. Acaso Nirvana sea la única excepción a esta regla. Como dije, ésa es la historia oficial, la que todos suponen. Yo tengo otra, que inevitablemente me lleva a romper con esa frialdad en la escritura que tanto he defendido ante indignados colegas, y que ahora paso a relatar.

No podría definir ni cómo ni por qué, pero de alguna forma, Unknown Pleasures me cambió la vida. Lo escuché por primera vez a los catorce años, cuando entré a la disquería de mi barrio para comprar el último de Spinetta, a quien en ese entonces adoraba como a una deidad. Solía sentarme durante horas a escuchar sus discos con mi padre, mientras él me contaba todo tipo de historias sobre El Flaco. Recuerdo que sonaba Insight. Yo estaba parado frente a uno de los estantes con el rostro perplejo. No entendía nada. Entonces sentí que alguien ponía una mano en mi hombro. Me di vuelta y ahí vi a Pablo, el vendedor, que me miró con cara paternal y me dijo mientras asentía con los ojos cerrados: “Joy Division”.

Desde entonces mi vida tomó ese rumbo, inevitablemente mi padre tuvo que comprender que su hijo se alejaba de su mano. Con los pocos ahorros que tenía compré una guitarra eléctrica y me senté a tocar todo el disco. Estaba fanatizado con el nuevo mundo que acababa de descubrir; podía entonces vislumbrar que Spinetta y Los Beatles eran apenas la punta de un inmenso iceberg. El problema es que a excepción de Pablo, yo era el único de mi barrio que pensaba en ello. Cuando cumplí quince años organicé una gran fiesta y senté a todos los invitados en ronda, les puse The Clash, Buzzcocks, Television y por supuesto, Joy Division, y les fui contando de qué se trataba esa música, de cómo la respuesta estaba en alcanzar la simpleza y no la complejidad, que más importaba la emoción que el virtuosismo, etc. Fue una enorme desilusión cuando al año siguiente nadie quiso asistir a mi fiesta de los dieciséis. Pero no me desalenté y tampoco renuncié a lo que más quería: tener mi propia banda.

Algunas fotografías en la chimenea de mi abuela me recuerdan la inocencia y el impudor de la adolescencia. En una llevo una camisa celeste y el pelo corto, bailando como un frenético Ian Curtis en el acto de fin de año del colegio; en otra tengo el pelo rubio como Bowie en Hunky Dory, era el casamiento de mi prima y yo le había prometido una sesión Glam. Hay otras más de ese estilo, siempre estoy yo con una nueva banda, enajenado, mientras el resto me mira con el ceño fruncido y una sonrisa socarrona. Con los años esa sonrisa se fue haciendo más y más perversa, hasta que llegó un punto en que incluso las mujeres dudaban de mi sexualidad. No voy a mentir: fue muy difícil. Sentía que no pertenecía a ese barrio, a esa familia, mi destino no podía ser ese, alguien se había equivocado. Cuando supe del suicidio de Curtis, sentí que algo debía hacer, no quería terminar de esa forma.

Al mismo tiempo que yo iba perdiendo credibilidad en la gente y que luchaba por hacer entender a todos los bateristas cuál era la forma más apropiada de tocar una canción, la música del norte iba en decadencia. La humanidad estaba fascinada con la música dance, no importaba si ésta fuera buena o mala, y por supuesto la mayoría era mala. Mis compañeras de clase en la universidad me preguntaban si había visto Footloose como buscando el reconocimiento de alguien que sabe. Lo odiaba, sobre todo porque sentía que no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Para colmo estaba en la facultad estudiando medicina, cosa que no me agradaba en lo absoluto. Podía haber estudiado música, pero eso hubiese sido aún peor. Al menos así le daba una satisfacción a mi madre.

En el año ’85 hubieron buenos intentos de los Smith, de The Cure o de los Happy Mondays, pero mientras los escuchaba tirado en mi habitación, con los auriculares a todo volumen, pensaba que aquello era más de lo mismo, la repetición de un modelo y no una nueva forma de tocar. Íntimamente yo sabía cuál era esa forma. Me había obsesionado. Compuse algunas canciones y se las mostré a mis compañeros, pero éstos me dijeron que aquello era sólo ruido, que Virus era el futuro. Fui hasta la vieja disquería y allí todavía estaba Pablo, con la misma ropa desaliñada de siempre. “Es muy buen material –me dijo- pero no creo que puedas llegar a ningún lado con él. Admitámoslo, hacés canciones en inglés que apenas puede tolerar el oído común. Incluso viviendo en Estados Unidos te sería difícil tener éxito”. Pablo me hablaba con sinceridad. Tal vez sería mejor renunciar a ese sueño infantil, tal vez el mundo no necesitaba nueva música. En el camino hacia casa, mientras en mi cabeza se debatía mi futuro, compré una revista de rock. Llegué a casa, me recosté en la cama y empecé a leerla. Allí encontré un artículo que me pareció muy interesante y que guardo en mi billetera hasta hoy: “Beat Happening. La banda liderada por el periodista de rock Calvin Jonson, quien además es jefe creativo del sello K Records, lanza su segundo disco, el cual no aporta mucho a la escena musical pero es un buen intento por distanciarse del sonido acostumbrado en el mainstream”.

Al día siguiente me reencontré con Pablo:

-Sí, tengo algo de los Beat Happening. Son buenos, pero no tanto.
-Es como la Velvet, no? Como la Velvet después de Wire.
-Sí, pero no tanto...
-Es verdad, no es para tanto...

No tenía cortinas, las había vendido por un poster de Public Image que encargué a mi tío cuando fue a Londres. Tuve que poner ese poster sobre la ventana, así que todos los días amanecía con la poca luz que se reflejaba sobre el cuerpo de John Lyndon. Me encantaba mi cuarto, echarme con los auriculares a escuchar música y tocarla con mi guitarra. Esa noche puse Dreamy de los Beat Happenings. Es verdad, no era para tanto... acaso si las composiciones se despegaran un poco de Lou Reed, acaso si la búsqueda se inclinase hacia lo oscuro, hacia el ritmo tribal... Sus intenciones no eran malas, sólo lo era su ejecución. Entonces me saqué los auriculares y pensé en ese desconocido, pensé en Calvin Jonson, pensé en su suerte y en su condena: estaba en el lugar indicado pero le faltaba eso, eso que yo sabía que tenía, y no me hacía falta alguien que me lo dijera. Pensé en él y luego, casi por dormirme, pensé en ser él. Cuando cerré los ojos ya estaba en la sala de ensayo, aunque no sería correcto llamar así a ese garage desordenado y húmedo de Ohio. En mi mano tenía el micrófono. A la derecha, un joven calvo tenía una guitarra; la estaba afinando con dificultad. Pum pum pam, pum pum pum pam. Está bien, pero podría sonar mejor, pensé. Me di vuelta, lo vi al baterista y le dije “Qué tal si probás puuumm pam pum puuum pam” Y lo hizo tan rápido como dejé de hablar. El de la guitarra siguió el ritmo y yo, con una voz que no era la mía, traté de entonar una melodía, que fluyó de mi boca con una facilidad pasmosa. What’s forbidden is a treasure hidden, I’ve got a clue on the trail of finding all about you. Y terminamos. Los otros dos me preguntaron cómo se llamaba esa canción. Recordé a Borges y pensé en un tigre, en un tigre atrapado. “Tiger Trap”, respondí.

Fueron en total nueve noches en que la vigilia se confundió con los sueños. Con los años llegué a dudar de todo aquello y me pregunté si verdaderamente estaba loco. Podía contárselo a Pablo, pero preferí callarlo. Sólo dos hechos me libran de dudas: Beat Happening no volvió a editar otro disco luego de You turn me on; Calvin Jonson no volvió al periodismo. Ahora pienso en mi condena: yo tampoco volví a tocar la guitarra. Ahora soy yo el que escribe artículos y sólo puedo disculparme ante mis lectores por un solo hecho: la prosa de Calvin
Jonson.

1 comentario:

Anónimo dijo...

esto es de la vieja escuela. muy bueno.