lunes, 14 de diciembre de 2009

Las 10 canciones del 2009 VI

Casi una respuesta al gran posteo anterior de EM.

“En otros tiempos, Woodstock nos había parecido una localidad muy acogedora. Yo lo había descubierto mucho antes de decidirme a trasladarme allí. Una noche, conduciendo desde Syracuse después de una actuación, le hablé del pueblo a mi manager. Íbamos a pasar por ahí. El dijo que estaba buscando un lugar donde comprar una casa de campo. Llegamos, avistó una que le gustaba y la compró inmediatamente. Yo compré otra más tarde, y fue en esa misma casa donde los intrusos empezaron a colarse día y noche. El ambiente se volvió tenso, y la paz, difícil. Lo que había sido un plácido refugio dejó de serlo de pronto. Probablemente alguien puso la dirección a disposición de los drogones y colgados de los cincuenta estados del mapa para que pudieran llegar a nuestra granja. Grupos de inútiles peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a todas horas de la noche. Al principio, se trataba de nómadas sin techo que entraban ilegalmente. Se me antojaban más bien inofensivos, pero luego empezaron a llegar radicales sin escrúpulos en busca del Príncipe de la Protesta: personajes de aspecto sospechoso, espantajos y vagabundos con ganas de fiesta que saqueaban la despensa. Peter Lafarge, un cantante folk amigo mío, me facilitó un par de Colts de repetición, y yo también tenía por ahí un Winchester cargado, pero me estremecía al pensar en lo que se podía hacer con aquello. Las autoridades, el jefe de policía (en Woodstock había unos 3 agentes), me advirtieron que si alguien resultaba herido accidentalmente o incluso como aviso, era yo quien acabaría en la celda. Y no sólo eso: los imbéciles que se encaramaban a nuestro tejado podían presentar cargos contra mí si se caían. La situación resultaba inquietante. Me entraron ganas de quemarlos vivos. Todos esos allanadores, fantasmas, intrusos y demagogos estaban violando mi vida familiar, y el hecho de que debía extremar precauciones para que no se cabrearan y me denunciaran no acababa de aplacarme. Aquello estaba mal, y el mundo era absurdo. Por culpa de eso estaba apartándome de la gente. Ni siquiera las personas cercanas y queridas conseguían consolarme.

Una vez, en medio de aquella insana estival, iba en coche con Robbie Robertson, el guitarrista del grupo que más tarde sería conocido como The Band. Yo me sentía como si habitara en otro rincón del Sistema Solar.

-¿Hacia dónde crees que lo vas a llevar? – me soltó Robbie de repente.

-¿Llevar qué? – pregunté.

-Ya sabes… el panorama musical.

¡El panorama musical!”

Bob Dylan, Crónicas, Vol. 1




6 comentarios:

vm dijo...

Como te banco Bob! larga vida al alejamiento sistemático de los imbeciles del mundo, marginados del secundario que buscan su reivindicación social metiendo globos en una caja. Verguenza! Hay que aniquilar a la mitad de la población de este país inmundo y llenarnos de extranjeros que trabajen. Saludos.

Anónimo dijo...

dylan careta aburrís

Anónimo dijo...

si robertito, morite.

Anónimo dijo...

que conste que bob hizo 40 años antes lo que Diego hizo de pala en una quinta: sacar gente a los riflazos. como siempre, un paso adelante.

Anónimo dijo...

Obvio que Dylan se vovlió un careta. Los quiero ver soportando hippies sucios, que aparecen en los techos de sus casas, como en The Birds de Hitchcock.

Anónimo dijo...

dylan careta?

http://los-sentimientitos.blogspot.com/2009/07/historia-de-los-dos-que-sonaron.html